La belleza en Dostoievski

Lourdes Boulangger

Me llaman psicólogo – escribió Dostoievski en cierta ocasión-, pero es falso; soy únicamente realista en el sentido más alto de la palabra. Es decir, pinto las profundidades del alma humana”.

Dostoievski no es sólo literato sino que su obra encierra una profundo pensamiento filosófico y religioso, en palabras de Berdiaev es un trabajo de pneumatología: constituye un estudio del espíritu humano que gira en torno al problema de la libertad, capaz de elevar al hombre hacia lo espiritual y lo divino como de rebajarlo hasta ser el peor de las bestias.

El arte de Dostoievski, el realismo superior, constituye por sí mismo interpretación de la realidad que se eleva por encima de los hechos de sus personajes para representar una realidad más profunda: su realidad espiritual.

El arte es capaz de mostrar la belleza del alma humana, pero también muestra la lucha entre el bien y el mal en el corazón del hombre, y a pesar de su novela trágica y del tratamiento del problema del mal, siempre se muestra la afirmación del bien y su supremacía.

El arte está impulsado por el amor y es una forma de conocer la realidad espiritual del hombre, en Dostoievski no se separan el pensamiento y el arte, sino que constituyen una unidad.

Retrata la tragedia de la vida del hombre que debate entre el bien y la destrucción de sí mismo que representa el mal. Sin embargo, no es un pesimista, pues el hombre es capaz de amar la vida y de captar la belleza.

La belleza salvará el mundo afirma Dostoievski en la voz del Príncipe Mychkin. La belleza que puede salvar el mundo es la contemplación de la armonía universal, es esa belleza indecible que el hombre descubre en un instante en el que es capaz a través de la contemplación de la naturaleza y lo bello de desvelar el misterio del mundo, la unión Dios y la naturaleza, la unión de la naturaleza y Dios, y la unión del hombre con Dios.

Es en ese momento en que el hombre evoca el sentimiento de Dios ante su creación, es una afirmación del mundo y de su bondad, en el cual el hombre es capaz de sentir una unidad entre Dios, la naturaleza, en la cual Dios se encuentra presente, y el hombre en un sentimiento de acogimiento por parte de Dios.

Sin embargo, la belleza en su aspecto humano, no constituye siempre la contemplación de la armonía universal sino que como todo lo humano posee un doble carácter. La belleza no sólo puede ser divina sino también demoniaca. Dado que el mal puede tomar la apariencia del bien, de lo bello y llevar al hombre a perderse y desconocer la distinción que existe entre el bien y el mal.

No obstante, la belleza del bien que es a su vez verdadera predomina sobre la belleza aparente del mal, pues el mal tiende siempre a su destrucción y con ello a la afirmación del bien que permanece y se muestra a través de la belleza de la armonía universal como la salvación del mundo.

La asombrosa Terribilità vital de Miguel Ángel

Aurora Otoya

Toda obra de Miguel Ángel Buonarroti, sea como escultor, pintor, arquitecto o poeta, suscita en quien la contempla una gama de sensaciones que giran en torno al arrobamiento que provoca su gran belleza y precisión. Esa capacidad de transmitir tanto en cada uno de sus proyectos se debe no sólo a sus habilidades técnicas, sino también, y sobretodo, a aquella sensibilidad que proyecta como ser humano.

Cada pincelada, verso o golpe de su cincel es inseparable de su modo de asumir sus conflictos como persona y como artista de un tiempo a su vez problemático; tiempo de tensiones políticas, religiosas y culturales.

Los dos polos de su educación florentina se encuentran arraigados en su propio carácter: El mundo ‘paganizante’ y ‘platonizante’ de las cortes de Lorenzo ‘‘el Magnífico’’ y las prédicas de Savonarola.

Lorenzo de Médicis fue una pieza clave en el resplandor del arte Buonarrotiano. ‘‘Culto, mecenas de las artes, amante conocedor de la Antigüedad, filósofo y poeta él mismo, fue el alma de la corriente neoplatónica que marcó la filosofía y la cultura artística de aquellos años. ’’1

Bajo su protección es que Miguel Ángel aprende aquel culto a la belleza terrena, centrada en la figura humana, como medio para alcanzar un plano superior, divino.

No obstante, la época de Lorenzo de Médicis es también aquella en la que se perfila la crisis de los ideales florentinos; la misma cultura neoplatónica, afectada por inéditos temblores, expresa una visión del mundo que se va alejando de las certezas y del equilibrio que el arte había expresado a principios de siglo.

Es aquí donde se hace presente la figura de Girolamo Savonarola, un fraile dominico que odiaba a los Médicis y reclamaba una república teocrática, pues el vicio (una epidemia de sífilis) y el pecado amenazaban la libertad de Florencia y de los florentinos.

Decía que la Iglesia de ese momento estaba impulsada por el diablo y no por la religión; de esta manera atacaba el absolutismo papal y sus aliados, los Médicis, en quienes veía la encarnación del mal. Savonarola clamaba por la vuelta al arte sacro y la destrucción del arte pagano en una hoguera de las vanidades.

Miguel Ángel vio con él trastornadas sus creencias en la ideas platónicas que le habían enseñado el camino de los sentidos y a admirar la naturaleza carnal de la belleza.

Los sermones Savonarolianos perturbaron a Miguel Ángel ‘‘pues lo abocaban a la lucha entre la fe y el conocimiento, a la contradicción entre deber y placer, cuerpo y espíritu. ’’2

Así, Miguel Ángel se preguntaba si la belleza era pecado, si los sentidos iban en contra del espíritu divino y si no se debía exhibir plenamente el cuerpo humano.

Vittoria Colonna, una dama culta del orbe renacentista, escuchó sus tribulaciones y otorgó consuelo a su alma. Pero a pesar de la tranquilidad que encontró en su amistad con ella, la pasión con la que el maestro buscó la belleza no se vio menguada.

La figura humana representó para Miguel Ángel el motor que impulsó hasta el final de sus días aquel incesante deseo de elevarse a Dios, lo cual lo enfrentó al poder y a las contradicciones de su propio espíritu.

Miguel Ángel logró un modelo del hombre entendido como una totalidad: físicamente fuerte y armónico, enérgico, vital y expresivo, dotado de sentimientos y pasiones, real e irreal a la vez. Un paradigma útil para reflejar las tensiones y los sentimientos del hombre, de las cuales el autor también participaba. Un poder sustentado en el vigor físico y la pasión, en ese intenso arrebato; la terribilità que definió la figura y el genio de El Divino.

1 Cita obtenida en Octubre de 2009 en http://www.oviedo.es/personales/mangel/etapa1obras.htm

2 Antonio González Prieto, Grandes Maestros de la Pintura: Miguel Ángel, Barcelona, Editorial Sol 90, 2006, p.17

Pedro Salinas

Fernando Barranzuela Ramírez

La obra de Pedro Salinas abarcó la poesía, el teatro, el ensayo y la crítica literaria. Sin embargo, el español es reconocido sobre todo por sus poemas de amor, los cuales contienen una fuerte carga antropológica.

Nacido en Madrid en 1891, Salinas es comúnmente ubicado dentro de la llamada “generación del 27”, a la que pertenecen Jorge Guillén, amigo suyo y con quien mantuvo comunicación epistolar; Rafael Alberti; Federico García Lorca, quien comentó sus obras;  Dámaso Alonso y Luis Cernuda; entre otros.

La obra del madrileño es mucho más intimista y trascendental, desde el punto de vista antropológico, que la de sus coetáneos. Salinas aspira a dejar un poco de sí en cada uno de sus poemas. Pretende explicar no sólo el amor, la poesía o el mar, sino su propio ser a través de estos elementos.

Algunos poemas del español, sobre todo de La voz a ti debida, son utilizados para explicar temas antropológicos básicos, como el sujeto y la sustancia. A continuación, analizaremos algunos de sus versos, no sin antes apuntar que Salinas no titulaba sus poemas. Nos referiremos a cada uno de ellos con el primer verso.

En “Tú vives siempre en tus actos…”, Salinas describe a su amada como el comienzo del mundo, una especie de primer motor inmóvil. Es ella, o sus actos, lo que da inicio a la vida. “La vida es lo que tú tocas”, dice. El español plasma en este poema la cuestión de la actualidad del ser humano. La primacía del acto sobre la potencia es el tema central del poema, y es llevado al extremo cuando dice “Y si una duda te hace / señas a diez mil kilómetros, / lo dejas todo, te arrojas / sobre proas, sobre olas, / estás allí, con los besos, / con los dientes la desgarras: / ya no es duda. / Tú nunca puedes dudar.”

La duda, identificada con la potencia, es desarmada por el sujeto cognoscente, y no desarma sólo su propia duda, es decir, no actualiza sólo su propia potencia, sino que perfecciona al amante, al darle acto por medio del amor.

Si bien en el poema se identifica al ser amado con el acto total, con una especie de Absoluto, este puede ser interpretado en un plano más cercano a la realidad humana. Se refiere al acto de ser  del hombre; y describe cómo los humanos se perfeccionan unos a otros y se vuelven más actuales en la medida en que entreguen su libertad al bien de los demás.

En la última estrofa del poema, Salinas redondea la noción antropológica que se intuye desde el principio: que los humanos se perfeccionan como tales al amarse. Después de aparentemente elevar a su amada a la categoría de Absoluto, le da naturaleza humana al describir su imperfección, la cual nace del deseo de aquella por el “yo poético”.

En pocas palabras: mi amada es casi una diosa, y su única imperfección es quererme. De repente uno se hubiera imaginado que el poeta lo diría en positivo: Nos damos actualidad mutuamente; pero sigue siendo interesante la figura Tú actualizas mi potencia, pero yo también te doy forma humana porque te doy potencia, contingencia. Al final, se trata de una simbiosis ontológica, como la sociedad misma.

En “Sí, por detrás de las gentes…” Salinas “busca” a su amada más allá de lo sensible, y la busca para conocerla hasta lo más mínimo, y la conoce para amarla más. El poema habla de la sustancia del sujeto amado y de la necesidad del amante por conocerla. El “yo poético” busca más allá de los accidentes y de lo que él sabe o “siente” de ella.

Pero es imposible hablar del sujeto sustancial en Salinas sin mencionar su más célebre poema, el 14 de La voz a ti debida, que comienza con el verso “Para vivir no quiero…”. En él, el madrileño lleva la extremo su propuesta y exclama “Te quiero pura, libre, / irreductible: tú.” Propone vivir más allá de los pronombres, de las etiquetas.

El poema logra transmitir no sólo la búsqueda de lo más íntimo del ser amado, sino también parte de la dicha de haber alcanzado tal grado de intimidad y conocimiento mutuo: En medio de todo, te llamaré. Sólo tú me responderás, y sabrás que soy yo. El afán por la contemplación de la amada puede llegar incluso a ser contraproducente. Lo que eres me distrae de lo que dices, comienza el poema 34 de La voz a ti debida.

Espera al ser amado más allá de las palabras, los deseos, los caprichos pasajeros. Refugiado en la eternidad de la sustancia, Aguarda a que el tiempo se lleve lo que interesa hoy. Esto es una especie de determinismo: Puedes cambiar de parecer, pero al final vas a llegar a mí.

La riqueza del fondo es propia de Salinas. Quizás ningún otro poeta contemporáneo en español haya sido tan ambicioso como él en lo que se refiere al significado de la poesía. Como filósofo y profesor universitario, hay que reconocer el carácter explicativo, casi pedagógico diría, con el que escribe de temas de filosofía. Su léxico sencillo y sus construcciones minimalistas nos ayudan a entender el amor a través de la metafísica, y viceversa.

El estilo propio de un genio

Clara Luz Chávez Calmet

Miguel Ángel, expresa la distinta concepción de una época que había relajado los lazos del artista con la naturaleza  y así le reconoce la capacidad de expresar un juicio interior propio, de obrar a partir de un proceso individual de síntesis de los datos objetivos, muestra su identificación con el ideal neoplatónico que caracterizaba a gran parte de la cultura contemporánea.

Sus esculturas, sus pinturas y su arquitectura, fueron admiradas más allá de todo límite, consideradas como creaciones superiores a las de los antiguos y por encima de la naturaleza misma. Empezó a dominar la creencia de que el objetivo del arte era precisamente la belleza, mientras que la imitación de la naturaleza no es más que un medio artístico del que se vale la creación. “La belleza es para la pintura y la escultura luz y espejo…en la belleza y en la perfección estriban la grandeza, la solidez y la eternidad del arte: frente al arte no existe ni el tiempo ni la muerte”.[1] Teniendo en su interior un modelo ideal que toma ventaja sobre la imagen real, el artista va a permanecer ligado al ideal de belleza resultante de la proporción entre las partes como lo revelan la Piedad y el Baco en el que el cuerpo humano se representa según la idea de unidad proporcionada de belleza. Si bien en estas obras el artista florentino muestra aún alguna inclinación con los cánones tradicionales el cambio total se produciría en los frescos de la Sixtina.

Desde el punto de vista artístico el techo de la Sixtina es una solución original e inspirada para disponer sobre una superficie curva una multitud de motivos diferentes con los que Miguel Ángel logra crear una unidad. Es una visión sublime, “un movimiento fortissimo que se transforma en un crescendo de olas hacia el fondo de la Capilla”[2], llegando a  sobrecoger al espectador, que, antes de captar su significado, experimenta el estremecimiento de verse acogido en un mundo superior.  Debido a la polifonía resultante y por estar todo perfectamente definido y en su conjunto demostrar una gran fuerza rítmica es que se trata de un estilo propio y no de una obra del renacimiento o barroco.

Miguel Ángel toma su inspiración de la propia forma de la bóveda. Crea un marco arquitectónico y un mundo de figuras colosales que son una encarnación de las energías vitales latentes en la bóveda. Así en el techo de la Sixtina se da una doble impresión: un movimiento ascendente en las zonas que simbolizan los tres grados de existencia, y una ascensión en las escenas de la creación.

Miguel Ángel no pensaba en seleccionar o componer fragmentos, sino que buscaba elegir de la naturaleza los elementos más dignos e imitarlos. Por ello se puede decir que en él estaba presente ineludiblemente aquella subjetividad que es digna de todo verdadero artista, aquella que es capaz de impregnar en la obra el sello personal de su artífice donde la intuición creadora en la que confluyen la voluntad e inteligencia, será la que lo impulse.

El observar los frescos hace experimentar una ascensión gradual: “la impresión de una liberación progresiva deliberadamente acentuada por la utilización de tres estilos diferentes en las nueve escenas del génesis”[3]. Quedando manifestado el origen divino del alma y es en esto en donde podemos afirmar la influencia de las ideas religiosas de Savonarola. Pero también en algunos frescos se puede apreciar aquella vuelta a Dios del alma humana prisionera del cuerpo que es una vuelta del alma a su origen y primordial esencia, idea clara del pensamiento neoplatónico. “Es el vuelo titánico hacia los cielos de un hombre en la flor de su arte. A la vez que glorifica la ilimitada fuerza creadora de Dios”[4]

Por ello los frescos no son solo meras representaciones de formas estupendamente delineadas o de pasajes exquisitamente trabajados sino que se convierten en especiales conductores de sentimientos para aquel espectador que tiene contacto con ella, sentimientos que van desde la ternura hasta llegar a la propia nostalgia de Dios llevándonos a un éxtasis de admiración y placer, cumpliendo así con la concepción de Bello que da Santo Tomás en la Suma Teológica “id quod visum placet”, por tanto el techo de la Sixtina es bello por el sólo placer que nos produce el verla.

En Miguel Ángel confluye varias de las ideas y concepciones que se han ido dando a lo largo de la Filosofía del Arte tales como armonía de la que ya hablaban los padres de la iglesia o el aquel aspecto dinámico del splendor formae por el cual la belleza actúa en una materia y la informa. Pero por ser una obra que atrae directamente a uno de los sentidos encontramos en el artista florentino aquella claridad que produce un agrado estético a la vista en su tres aspectos luz- color,  nitidez y limpieza.


[1] TATARKIEWICZ, Wladyslaw. Historia de la Estética. Tomo III: La Estética Moderna 1400-1700. Ed. Akal. España: 1991.

[2] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 27.

[3] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 30.

[4] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 35

La verdad como inspiración en Leonardo Polo

Tomás Atarama Rojas

El planteamiento de Leonardo Polo es una invitación a continuar los aciertos de la filosofía clásica y enmendar los errores cometidos por los modernos en el estudio del hombre. Es una invitación a participar de un modo serio y riguroso de una filosofía nueva. Por esto, el estudio de un aspecto de la doctrina de Polo sólo podrá ser entendido cabalmente si se conoce su planteamiento. Por esto, conviene ver muy brevemente el planteamiento de la Antropología Trascendental.

Según la propuesta de Leonardo Polo, el ser del hombre es distinto del ser del universo[1], e incluso superior[2]. Si se atiende a esta idea, el máximo aporte del Aquinate, la distinción actus essendiessentia, podría desplegar un nuevo alcance. Así, en la ampliación trascendental se establece que además de los trascendentales metafísicos, se deben estudiar los trascendentales personales.

En estricto, a los trascendentales ens, verum, bonum y pulchrum[3], se deben agregar el co-esse, la libertad, el conocer y el amar personales. Para alcanzar esta ampliación es necesario abandonar el límite mental[4]. Es decir, superar el objeto del conocimiento y acceder a la temática transoperativa, que es la que se obtiene al ir más allá de la operación. En este camino, se descubre el carácter de además. La persona es siempre más, no se agota en el objeto, sino que puede ir más allá, y más.

En el marco de esta propuesta, el estudio de la belleza y de la inspiración artística se enriquece profundamente. Es así, que siguiendo como fuente principal el texto La verdad como inspiración nos planteamos si la inspiración supone, más que una emoción o un estado afectivo, un compromiso con la verdad. Siguiendo nuestra propuesta, el artista es un enamorado de la verdad, que en su búsqueda halla los medios para expresarla de un modo particular y genial.

Por esto, la estética y la ética son dos manifestaciones del ser personal que no pueden estar disociadas; sino muy conectadas. Lo bueno es bello y lo bello es bueno. De esto no cabe la menor duda. En la praxis humana, esto es mucho más potente. En este sentido la obra de arte es una manifestación de la bondad del artista y de la realidad misma. Además, se puede leer entre líneas que la misma vida de la persona puede ser una oda, un canto, un arte que consistiría precisamente en su actuar bueno.

Dentro de la teoría del conocimiento del profesor Polo, él resalta el valor manifestativo de la verdad; este sentido de la verdad, que ya se encontraba presente en Tomás de Aquino como efecto consecuente, supone –enriquecido por la doctrina de Polo- reconocer el trascendental antropológico intelecto personal. Estableciendo esta relación, se entenderá que la verdad metafísica está bien cuando se trata del ser del universo, pero para el ser personal esa verdad no puede ser sin más estática, sino que debe suponer un además en la persona.

En palabras del profesor Leonardo Polo, “la verdad en el orden de la antropología trascendental, es trascendida; permite y exige una expansión, en tanto que se transforma en uno mismo y va más allá de la verdad formalmente considerada”[5]. Pero, ¿esto supone aceptar que existe una verdad personal? ¿Tendríamos que formular entonces un trascendental personal más? Considero que cuando se habla de verdad en el orden de la antropología trascendental, no se hace referencia a una verdad como trascendental personal, sino a la verdad metafísica que en cuanto es encontrada por la persona adquiere un valor dinámico.

Si la verdad se encuentra, la persona canta. El canto surge del enamoramiento. “Enamorarse lleva consigo la parición de actos de homenaje a la verdad, y sólo a ella, que antes no se podían ejercer o expresar de ninguna manera. (…) la verdad es el contexto del enamoramiento. Esto tiene que ver quizá con la experiencia artística”[6]. Porque la experiencia artística se da en un proceso de enamoramiento. La inspiración no puede separarse del enamoramiento que genera un homenaje a la verdad: ese homenaje es el arte.

Un egoísta no puede ser artista. El arte exige de su autor una donación de sí en la obra. De lo contrario, se trata de una oda a un átomo, así se suprime el carácter de convocatoria y reunión que tiene la belleza. La verdad como inspiración supone la alegría, y la alegría no puede ser tal si se disfruta en soledad. De hecho, no hay tristeza más grande que no poder compartir una alegría. La alegría supone alteridad por el carácter donal del ser humano. Si el hombre no es capaz de amar, se suprime a sí mismo. Por eso, ante la verdad sólo queda rendir homenaje, que es la manifestación de ese enamoramiento.

En este sentido, no podemos estudiar el arte sin considerar la libertad. El artista es libre. La libertad asciende a la persona hasta la verdad, y lo lleva incluso más allá. No es un necesitar contemplar la belleza –que es la verdad como inspiración- sino un ir hacia ella en busca de más y siempre más. Ese más, es la inspiración que me mueve actuar.

Finalmente, hay que mencionar que la verdad enamora y que ese enamoramiento trae consigo el homenaje a la verdad: nuestra admiración no es estática, sino dinámica, animados por la libertad,  todo nuestro ser personal celebra la Belleza (que siempre en último término es Dios).


[1] “A mi modo de ver, la antropología no es una ontología regional ni un capítulo de la metafísica, porque trata del ser personal, el cual no se reduce al sentido del ser que estudia la metafísica”. POLO, Leonardo. La Antropología Trascendental I, p. 11.

[2] “La antropología es superior a la metafísica. La metafísica es ciencia primera porque trata de los primeros principios. El ser personal no es un primer principio, pero no por eso es inferior a ellos. Todo lo contrario: es una ampliación, se abre más allá de sí, y en ese sentido se trasciende”. Ibíd., p. 85.

[3] En la propuesta de Leonardo Polo, los trascendentales unum, aliquid y res no lo son propiamente.

[4] Específicamente, para alcanzar los trascendentales personales se requiere abandonar la tercera dimensión del límite mental. Un desarrollo pormenorizado de este tema se encuentra en Ibíd.,  pp. 151 – 190.

[5] POLO, Leonardo. La persona humana y su crecimiento, p. 201.

[6] Ibíd., p. 198.

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