Tomás Atarama Rojas
El planteamiento de Leonardo Polo es una invitación a continuar los aciertos de la filosofía clásica y enmendar los errores cometidos por los modernos en el estudio del hombre. Es una invitación a participar de un modo serio y riguroso de una filosofía nueva. Por esto, el estudio de un aspecto de la doctrina de Polo sólo podrá ser entendido cabalmente si se conoce su planteamiento. Por esto, conviene ver muy brevemente el planteamiento de la Antropología Trascendental.
Según la propuesta de Leonardo Polo, el ser del hombre es distinto del ser del universo[1], e incluso superior[2]. Si se atiende a esta idea, el máximo aporte del Aquinate, la distinción actus essendi – essentia, podría desplegar un nuevo alcance. Así, en la ampliación trascendental se establece que además de los trascendentales metafísicos, se deben estudiar los trascendentales personales.
En estricto, a los trascendentales ens, verum, bonum y pulchrum[3], se deben agregar el co-esse, la libertad, el conocer y el amar personales. Para alcanzar esta ampliación es necesario abandonar el límite mental[4]. Es decir, superar el objeto del conocimiento y acceder a la temática transoperativa, que es la que se obtiene al ir más allá de la operación. En este camino, se descubre el carácter de además. La persona es siempre más, no se agota en el objeto, sino que puede ir más allá, y más.
En el marco de esta propuesta, el estudio de la belleza y de la inspiración artística se enriquece profundamente. Es así, que siguiendo como fuente principal el texto La verdad como inspiración nos planteamos si la inspiración supone, más que una emoción o un estado afectivo, un compromiso con la verdad. Siguiendo nuestra propuesta, el artista es un enamorado de la verdad, que en su búsqueda halla los medios para expresarla de un modo particular y genial.
Por esto, la estética y la ética son dos manifestaciones del ser personal que no pueden estar disociadas; sino muy conectadas. Lo bueno es bello y lo bello es bueno. De esto no cabe la menor duda. En la praxis humana, esto es mucho más potente. En este sentido la obra de arte es una manifestación de la bondad del artista y de la realidad misma. Además, se puede leer entre líneas que la misma vida de la persona puede ser una oda, un canto, un arte que consistiría precisamente en su actuar bueno.
Dentro de la teoría del conocimiento del profesor Polo, él resalta el valor manifestativo de la verdad; este sentido de la verdad, que ya se encontraba presente en Tomás de Aquino como efecto consecuente, supone –enriquecido por la doctrina de Polo- reconocer el trascendental antropológico intelecto personal. Estableciendo esta relación, se entenderá que la verdad metafísica está bien cuando se trata del ser del universo, pero para el ser personal esa verdad no puede ser sin más estática, sino que debe suponer un además en la persona.
En palabras del profesor Leonardo Polo, “la verdad en el orden de la antropología trascendental, es trascendida; permite y exige una expansión, en tanto que se transforma en uno mismo y va más allá de la verdad formalmente considerada”[5]. Pero, ¿esto supone aceptar que existe una verdad personal? ¿Tendríamos que formular entonces un trascendental personal más? Considero que cuando se habla de verdad en el orden de la antropología trascendental, no se hace referencia a una verdad como trascendental personal, sino a la verdad metafísica que en cuanto es encontrada por la persona adquiere un valor dinámico.
Si la verdad se encuentra, la persona canta. El canto surge del enamoramiento. “Enamorarse lleva consigo la parición de actos de homenaje a la verdad, y sólo a ella, que antes no se podían ejercer o expresar de ninguna manera. (…) la verdad es el contexto del enamoramiento. Esto tiene que ver quizá con la experiencia artística”[6]. Porque la experiencia artística se da en un proceso de enamoramiento. La inspiración no puede separarse del enamoramiento que genera un homenaje a la verdad: ese homenaje es el arte.
Un egoísta no puede ser artista. El arte exige de su autor una donación de sí en la obra. De lo contrario, se trata de una oda a un átomo, así se suprime el carácter de convocatoria y reunión que tiene la belleza. La verdad como inspiración supone la alegría, y la alegría no puede ser tal si se disfruta en soledad. De hecho, no hay tristeza más grande que no poder compartir una alegría. La alegría supone alteridad por el carácter donal del ser humano. Si el hombre no es capaz de amar, se suprime a sí mismo. Por eso, ante la verdad sólo queda rendir homenaje, que es la manifestación de ese enamoramiento.
En este sentido, no podemos estudiar el arte sin considerar la libertad. El artista es libre. La libertad asciende a la persona hasta la verdad, y lo lleva incluso más allá. No es un necesitar contemplar la belleza –que es la verdad como inspiración- sino un ir hacia ella en busca de más y siempre más. Ese más, es la inspiración que me mueve actuar.
Finalmente, hay que mencionar que la verdad enamora y que ese enamoramiento trae consigo el homenaje a la verdad: nuestra admiración no es estática, sino dinámica, animados por la libertad, todo nuestro ser personal celebra la Belleza (que siempre en último término es Dios).
[1] “A mi modo de ver, la antropología no es una ontología regional ni un capítulo de la metafísica, porque trata del ser personal, el cual no se reduce al sentido del ser que estudia la metafísica”. POLO, Leonardo
. La Antropología Trascendental I, p. 11.
[2] “La antropología es superior a la metafísica. La metafísica es ciencia primera porque trata de los primeros principios. El ser personal no es un primer principio, pero no por eso es inferior a ellos. Todo lo contrario: es una ampliación, se abre más allá de sí, y en ese sentido se trasciende”. Ibíd., p. 85.
[3] En la propuesta de Leonardo Polo, los trascendentales unum, aliquid y res no lo son propiamente.
[4] Específicamente, para alcanzar los trascendentales personales se requiere abandonar la tercera dimensión del límite mental. Un desarrollo pormenorizado de este tema se encuentra en Ibíd., pp. 151 – 190.
[5] POLO, Leonardo. La persona humana y su crecimiento, p. 201.
[6] Ibíd., p. 198.