El estilo propio de un genio

Clara Luz Chávez Calmet

Miguel Ángel, expresa la distinta concepción de una época que había relajado los lazos del artista con la naturaleza  y así le reconoce la capacidad de expresar un juicio interior propio, de obrar a partir de un proceso individual de síntesis de los datos objetivos, muestra su identificación con el ideal neoplatónico que caracterizaba a gran parte de la cultura contemporánea.

Sus esculturas, sus pinturas y su arquitectura, fueron admiradas más allá de todo límite, consideradas como creaciones superiores a las de los antiguos y por encima de la naturaleza misma. Empezó a dominar la creencia de que el objetivo del arte era precisamente la belleza, mientras que la imitación de la naturaleza no es más que un medio artístico del que se vale la creación. “La belleza es para la pintura y la escultura luz y espejo…en la belleza y en la perfección estriban la grandeza, la solidez y la eternidad del arte: frente al arte no existe ni el tiempo ni la muerte”.[1] Teniendo en su interior un modelo ideal que toma ventaja sobre la imagen real, el artista va a permanecer ligado al ideal de belleza resultante de la proporción entre las partes como lo revelan la Piedad y el Baco en el que el cuerpo humano se representa según la idea de unidad proporcionada de belleza. Si bien en estas obras el artista florentino muestra aún alguna inclinación con los cánones tradicionales el cambio total se produciría en los frescos de la Sixtina.

Desde el punto de vista artístico el techo de la Sixtina es una solución original e inspirada para disponer sobre una superficie curva una multitud de motivos diferentes con los que Miguel Ángel logra crear una unidad. Es una visión sublime, “un movimiento fortissimo que se transforma en un crescendo de olas hacia el fondo de la Capilla”[2], llegando a  sobrecoger al espectador, que, antes de captar su significado, experimenta el estremecimiento de verse acogido en un mundo superior.  Debido a la polifonía resultante y por estar todo perfectamente definido y en su conjunto demostrar una gran fuerza rítmica es que se trata de un estilo propio y no de una obra del renacimiento o barroco.

Miguel Ángel toma su inspiración de la propia forma de la bóveda. Crea un marco arquitectónico y un mundo de figuras colosales que son una encarnación de las energías vitales latentes en la bóveda. Así en el techo de la Sixtina se da una doble impresión: un movimiento ascendente en las zonas que simbolizan los tres grados de existencia, y una ascensión en las escenas de la creación.

Miguel Ángel no pensaba en seleccionar o componer fragmentos, sino que buscaba elegir de la naturaleza los elementos más dignos e imitarlos. Por ello se puede decir que en él estaba presente ineludiblemente aquella subjetividad que es digna de todo verdadero artista, aquella que es capaz de impregnar en la obra el sello personal de su artífice donde la intuición creadora en la que confluyen la voluntad e inteligencia, será la que lo impulse.

El observar los frescos hace experimentar una ascensión gradual: “la impresión de una liberación progresiva deliberadamente acentuada por la utilización de tres estilos diferentes en las nueve escenas del génesis”[3]. Quedando manifestado el origen divino del alma y es en esto en donde podemos afirmar la influencia de las ideas religiosas de Savonarola. Pero también en algunos frescos se puede apreciar aquella vuelta a Dios del alma humana prisionera del cuerpo que es una vuelta del alma a su origen y primordial esencia, idea clara del pensamiento neoplatónico. “Es el vuelo titánico hacia los cielos de un hombre en la flor de su arte. A la vez que glorifica la ilimitada fuerza creadora de Dios”[4]

Por ello los frescos no son solo meras representaciones de formas estupendamente delineadas o de pasajes exquisitamente trabajados sino que se convierten en especiales conductores de sentimientos para aquel espectador que tiene contacto con ella, sentimientos que van desde la ternura hasta llegar a la propia nostalgia de Dios llevándonos a un éxtasis de admiración y placer, cumpliendo así con la concepción de Bello que da Santo Tomás en la Suma Teológica “id quod visum placet”, por tanto el techo de la Sixtina es bello por el sólo placer que nos produce el verla.

En Miguel Ángel confluye varias de las ideas y concepciones que se han ido dando a lo largo de la Filosofía del Arte tales como armonía de la que ya hablaban los padres de la iglesia o el aquel aspecto dinámico del splendor formae por el cual la belleza actúa en una materia y la informa. Pero por ser una obra que atrae directamente a uno de los sentidos encontramos en el artista florentino aquella claridad que produce un agrado estético a la vista en su tres aspectos luz- color,  nitidez y limpieza.


[1] TATARKIEWICZ, Wladyslaw. Historia de la Estética. Tomo III: La Estética Moderna 1400-1700. Ed. Akal. España: 1991.

[2] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 27.

[3] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 30.

[4] TOLNAY, Charles de. Miguel Ángel, escultor, pintor y Arquitecto. Ed, Alianza. Madrid: 19995. Pág. 35

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