La asombrosa Terribilità vital de Miguel Ángel
Aurora Otoya
Toda obra de Miguel Ángel Buonarroti, sea como escultor, pintor, arquitecto o poeta, suscita en quien la contempla una gama de sensaciones que giran en torno al arrobamiento que provoca su gran belleza y precisión. Esa capacidad de transmitir tanto en cada uno de sus proyectos se debe no sólo a sus habilidades técnicas, sino también, y sobretodo, a aquella sensibilidad que proyecta como ser humano.
Cada pincelada, verso o golpe de su cincel es inseparable de su modo de asumir sus conflictos como persona y como artista de un tiempo a su vez problemático; tiempo de tensiones políticas, religiosas y culturales.
Los dos polos de su educación florentina se encuentran arraigados en su propio carácter: El mundo ‘paganizante’ y ‘platonizante’ de las cortes de Lorenzo ‘‘el Magnífico’’ y las prédicas de Savonarola.
Lorenzo de Médicis fue una pieza clave en el resplandor del arte Buonarrotiano. ‘‘Culto, mecenas de las artes, amante conocedor de la Antigüedad, filósofo y poeta él mismo, fue el alma de la corriente neoplatónica que marcó la filosofía y la cultura artística de aquellos años. ’’1
Bajo su protección es que Miguel Ángel aprende aquel culto a la belleza terrena, centrada en la figura humana, como medio para alcanzar un plano superior, divino.
No obstante, la época de Lorenzo de Médicis es también aquella en la que se perfila la crisis de los ideales florentinos; la misma cultura neoplatónica, afectada por inéditos temblores, expresa una visión del mundo que se va alejando de las certezas y del equilibrio que el arte había expresado a principios de siglo.
Es aquí donde se hace presente la figura de Girolamo Savonarola, un fraile dominico que odiaba a los Médicis y reclamaba una república teocrática, pues el vicio (una epidemia de sífilis) y el pecado amenazaban la libertad de Florencia y de los florentinos.
Decía que la Iglesia de ese momento estaba impulsada por el diablo y no por la religión; de esta manera atacaba el absolutismo papal y sus aliados, los Médicis, en quienes veía la encarnación del mal. Savonarola clamaba por la vuelta al arte sacro y la destrucción del arte pagano en una hoguera de las vanidades.
Miguel Ángel vio con él trastornadas sus creencias en la ideas platónicas que le habían enseñado el camino de los sentidos y a admirar la naturaleza carnal de la belleza.
Los sermones Savonarolianos perturbaron a Miguel Ángel ‘‘pues lo abocaban a la lucha entre la fe y el conocimiento, a la contradicción entre deber y placer, cuerpo y espíritu. ’’2
Así, Miguel Ángel se preguntaba si la belleza era pecado, si los sentidos iban en contra del espíritu divino y si no se debía exhibir plenamente el cuerpo humano.
Vittoria Colonna, una dama culta del orbe renacentista, escuchó sus tribulaciones y otorgó consuelo a su alma. Pero a pesar de la tranquilidad que encontró en su amistad con ella, la pasión con la que el maestro buscó la belleza no se vio menguada.
La figura humana representó para Miguel Ángel el motor que impulsó hasta el final de sus días aquel incesante deseo de elevarse a Dios, lo cual lo enfrentó al poder y a las contradicciones de su propio espíritu.
Miguel Ángel logró un modelo del hombre entendido como una totalidad: físicamente fuerte y armónico, enérgico, vital y expresivo, dotado de sentimientos y pasiones, real e irreal a la vez. Un paradigma útil para reflejar las tensiones y los sentimientos del hombre, de las cuales el autor también participaba. Un poder sustentado en el vigor físico y la pasión, en ese intenso arrebato; la terribilità que definió la figura y el genio de El Divino.
1 Cita obtenida en Octubre de 2009 en http://www.oviedo.es/personales/mangel/etapa1obras.htm
2 Antonio González Prieto, Grandes Maestros de la Pintura: Miguel Ángel, Barcelona, Editorial Sol 90, 2006, p.17
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